Editorial

Encontronazo de Gigantes

Petróleo, tierras raras y la batalla silenciosa por la hegemonía del orden mundial.

Comunicador, Analista Internacional

Por.  Thierry Kenneth Pierre

Los dos mandatarios más importantes del mundo, Donald Trump y Xi Jinping, se reunieron del 13 al 15 de mayo en un contexto internacional que ya no gira únicamente alrededor de reglas e ideologías, sino también alrededor de recursos, energía y poder estratégico.

Detrás de los apretones de manos y las declaraciones diplomáticas, la verdadera discusión será quién controla las piezas claves del tablero global.

En diversas declaraciones, Donald Trump ha utilizado la famosa frase de las “cartas”, expresión que también empleó anteriormente con el presidente de Ucrania y con varios países europeos.

Después de un largo período sin reuniones de alto nivel entre ambas potencias —precisamente nueve años—, China llega a este encuentro con muchas cartas a su favor: las tierras raras, el comercio internacional, las energías renovables y los vehículos eléctricos. Sin embargo, la enorme dependencia del petróleo extranjero mantiene preocupado al gobierno chino, razón por la cual ha diversificado su abastecimiento energético mediante distintos países.

China se abastece de Rusia, de los países del Golfo, Irán y Brasil.

Venezuela, en el pasado, fue uno de sus grandes proveedores; pero con la captura del presidente Nicolás Maduro, ese país ya no cuenta como un socio estratégico de suministro. De estos países depende gran parte de la maquinaria industrial china, su ofensiva comercial a nivel mundial y, en definitiva, su carta número uno.

Para Estados Unidos, todos esos puntos son claves para disminuir la capacidad y las ambiciones de China: cortar el acceso a los recursos petroleros, limitar las rutas marítimas globales y, sobre todo, restringir el acceso a los chips de nueva generación producidos en Taiwan.

Taiwán es actualmente el gigante mundial de los semiconductores y el actor dominante en la industria de chips avanzados.

Los datos más recientes indican que Taiwán produce alrededor del 60 % de los chips del mundo y más del 90 % de los más avanzados.

Por otro lado, Donald Trump enfrenta el problema del estrecho de Ormuz. Iran mantiene un control estratégico sobre el paso marítimo de los barcos que cruzan esa zona. Según diversos datos internacionales, por el estrecho pasa alrededor del 20 % del petróleo y del gas natural licuado (GNL) que consume el mundo.

Unos 20 millones de barriles de petróleo cruzan diariamente este canal de apenas 33 kilómetros de ancho.

La mayoría de ese crudo se dirige hacia Asia —casi el 85 %—. China, Japón, India y Corea del Sur son los principales destinatarios.

La crisis en Medio Oriente y las tensiones permanentes con Irán mantienen el mercado energético bajo incertidumbre. Cualquier alteración importante en el Golfo Pérsico impacta directamente a China.

En otras palabras, quien controle las tierras raras tendrá ventaja en la economía tecnológica del futuro. Y ahí aparece otro elemento fundamental: las energías renovables.

Trump podría buscar acuerdos que limiten la expansión económica china en América Latina y Medio Oriente, especialmente en países como Venezuela. También podría intentar reducir la cooperación entre Pekín y Teherán, utilizando sanciones, presión financiera o negociaciones energéticas como herramientas.

Xi Jinping, por su parte, buscará proyectar calma y estabilidad mientras consolida silenciosamente la posición de China como potencia indispensable para la economía mundial. La competencia ya no es únicamente militar.

Ahora la batalla gira alrededor del petróleo, los minerales estratégicos, la inteligencia artificial, las cadenas de suministro y las energías renovables. Quien controle esos sectores tendrá la capacidad de definir las próximas décadas.

¿QUÉ ESPERAR DEL ENCUENTRO?

El encuentro entre las principales potencias económicas mundiales —especialmente Estados Unidos y China— cambia los paradigmas tradicionales de las relaciones de poder. Lo que antes se regía por acuerdos bilaterales o por el dominio incuestionable de Occidente, hoy se redefine constantemente mediante presiones cruzadas, vetos tecnológicos y disputas por recursos estratégicos.

En el contexto actual, con el estancamiento de Estados Unidos en Irán y con la posible reanudación de ataques en esa región volátil, Washington ve desgastada parte de su capacidad de respuesta militar y diplomática. Mientras tanto, Teherán juega sus cartas utilizando el petróleo como principal moneda de cambio.

Este callejón sin salida contribuye directamente a la subida del barril de petróleo a nivel mundial, generando temores de inflación y recesión en Europa, Asia y América Latina.

Al mismo tiempo, emerge con fuerza la posibilidad de una escasez de tierras raras —materiales indispensables para la tecnología, la defensa y la transición energética— dominadas actualmente por China. Pekín ya ha comenzado a imponer restricciones a la exportación de galio, germanio y otros minerales estratégicos, del mismo modo que Estados Unidos restringe el acceso a semiconductores y software de inteligencia artificial.

Nos encontramos, entonces, ante un tablero donde ambos gigantes se bloquean mutuamente utilizando recursos distintos: unos energéticos, otros minerales, pero todos indispensables.

En este escenario de máxima tensión y, al mismo tiempo, de máxima interdependencia, solo puede esperarse un entendimiento futuro para calmar las tensiones, aunque difícilmente ese entendimiento será sincero o duradero.

Más bien, se tratará de una tregua pragmática: ambos necesitan evitar el colapso de sus economías, pero ninguno está dispuesto a ceder su ventaja estratégica.

El resultado previsible no será una paz perpetua, sino una gestión controlada del conflicto.

También le invitamos a leer cada viernes nuestro editorial titulado: “El camino hacia el orden tripartito o multipolar”.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba