Más allá del marcador: cuando el fútbol une lo que la política intenta dividir
El fútbol, desde su creación, es un deporte colectivo; reúne a los individuos, favorece la comprensión y la cooperación entre compañeros.

Por: Eustache Sanon
Internacionalista/Analista político
ENFRENTADOS NEWS .-
«La pelota no se mancha». La célebre sentencia de Diego Armando Maradona durante su partido de despedida buscaba trazar una frontera sagrada: separar la esencia pura del fútbol de todo aquello ajeno al rectángulo verde. Más allá de las sombras que rodearon su vida personal, Diego dejó un axioma universal: independientemente de pasiones desmedidas o intereses externos, hay que dejar que el fútbol sea fútbol.
Desde sus orígenes, este deporte ha sido un catalizador colectivo. Reúne voluntades, promueve la cooperación y alinea a once voluntades en pos de un objetivo común: hacer vibrar las redes para desatar una fiesta compartida. Históricamente, el balompié ha demostrado ser una plataforma formidable para el entendimiento humano. Ya en 2004, por ejemplo, sirvió de canal diplomático para llevar esperanza a un pueblo haitiano golpeado por la incertidumbre política. Por definición, la diplomacia deportiva funciona cuando construye puentes de paz; el fútbol debe imponer sus valores de juego limpio a la coyuntura política, y jamás subordinarse a las agendas que buscan dividir.
El pasado 1 de octubre de 2026, la República Dominicana y Haití se enfrentaron en el marco de la Liga de Naciones de Concacaf, con un triunfo 4-1 para la escuadra haitiana. Tras el pitazo final, el delantero Wilson Isidor —nacido y formado en el extranjero, pero quien eligió vestir con orgullo los colores de sus raíces— expresó en medio del júbilo: «¡Ici, c’est Haïti!». En la cultura del fútbol internacional, frases de esa naturaleza equivalen a reclamos de orgullo deportivo: «hemos ganado, nos impusimos en la cancha y hoy marcamos el paso». Un desahogo propio de la adrenalina competitiva.
Sin embargo, resulta lamentable constatar cómo sectores oportunistas se apresuran a instrumentalizar cualquier gesto deportivo. Hay quienes, dominados por discursos xenófobos y cálculos politiqueros de corto alcance, operan como mercaderes de la discordia. Buscan viralidad distorsionando palabras, atizando rencores históricos y sacando de contexto expresiones propias del juego para alimentar el populismo.
Afortunadamente, el resentimiento no tiene la última palabra. La sensatez de dominicanos y haitianos con vocación de paz entiende con claridad que ambas naciones están llamadas a coexistir en respeto mutuo y armonía.
A quienes pretenden manchar el balón con polarización, conviene recordarles que el deporte es una herramienta de encuentro, integración y dignidad. El clásico futbolístico entre dos pueblos vecinos debe actuar como un estímulo para elevar el nivel competitivo de nuestras selecciones y encender con madurez la pasión de la afición.
Dejemos que la pelota ruede y que el deporte tienda puentes donde otros levantan muros. Hagamos a un lado la mezquindad política: hablemos de fútbol, un juego donde, cuando prima el respeto, ganamos todos.
.jpeg?alt=media&token=9622c96d-518a-4318-814d-5efe76dbd1e5)




