Opinión

El regreso de Lula, lecciones de un líder que nunca terminó de volver

La victoria enseña que la psicología del líder debe ser inquebrantable.

ENFRENTADOS NEWS.-    Para quienes aspiran a dirigir,  brasil escribió una página que la historia electoral aún no había leído: un hombre de ochenta años, Luiz Inácio Lula da Silva, ganó la presidencia de la República por cuarta vez  con el 51,78 % de los votos contra el 48,22 % del senador Flávio Bolsonaro  después de haber terminado la primera vuelta en segundo lugar, algo que ningún candidato había revertido jamás desde el regreso de las elecciones directas, y cuando las últimas encuestas todavía lo daban por derrotado.

Su adversario se negó a reconocer el resultado y anunció un recurso; en cambio el vencedor, habló de Constitución, de un Congreso elegido por el pueblo y de gobernar para todos.

En este editorial, Ser del bando de la oposicion  o de gobierno importa menos, la pregunta que se impone a todo observador honesto:

¿qué hay en la psicología de un hombre que explique semejante permanencia?

Porque Lula no es solamente un acontecimiento brasileño; es un caso de escuela de invesitgación  para todos, en nuestros países, nuestras iglesias y nuestras organizaciones y aspirantes a dirigir. Su trayectoria contiene lecciones que ni la admiración ni la hostilidad deben impedirnos mirar de frente, a pesar con sus luces, y  su sombra.

Que es una escuela de paciencia

El presidente electo de Brasil fue un limpia botas, a los doce años fue  tornero mecánico en una fábrica, luego fue delegado de un taller. Presidente sindicalista y por ultimo fundador de un partido,  diputado  y candidato presidencial  derrotado  en 1989, en 1994 y 1998, antes de ganar en 2002. Entre el taller y el palacio hubo treinta años de pequeñas responsabilidades fielmente llevadas y tres derrotas nacionales pacientemente analizadas.

He aquí la primera lección, que nuestros aspirantes apresurados harían bien en meditar: no existe ningún atajo entre la primera responsabilidad y la más alta. Cada derrota fue para él una información en vez de  insulto politico. Amplió sus alianzas, corrigió su lenguaje económico, aprendió a tranquilizar sin renegar de los suyos  y regreso, con la copia corregida en lugar de una queja repetida. Y cuando la noche se hizo completa.  Quinientos ochenta  (508) días de prisión entre 2018 y 2019, tras unas condenas que la Corte Suprema anularía después por incompetencia del tribunal y parcialidad del juez,  hizo en su celda lo que hacen los hombres cuyo interior está ordenado: leer, escribir y estructurar sus días, rechazar la autocompasión, declarar a su salida.

«No encarcelaron a un hombre; intentaron matar una idea. Y una idea no se puede matar».

La resiliencia de Lula no es un misterio, es una disciplina  y acaba de demostrarlo a los ochenta años y encontra las encuestas, que todavía funciona. La segunda lección se refiere a la identidad, y se une a lo que decíamos sobre el orgullo de los dirigentes. Lula es un hijo del Nordeste pobre, migrante hacia São Paulo como millones de brasileños, y nunca  buscó borrar de dónde venía, ni del acento corregido, ni los orígenes endulzados, ni la vergüenza ante las élites que antes lo despreciaban.

Su biografía se convirtió en su primera autoridad:  quien un limpia botas, pasó hacer presidente, sin discurso, que su historia vale la pena ser continuada.

Añádase a ello una constancia que cuatro décadas no han desgastado: la misma carga repetida de campaña en campaña  el hambre, la exclusión, el pan tres veces al día para cada brasileño hasta que el pueblo la repite con sus propias palabras. Y añádase, por último, el gesto que, en nuestros análisis anteriores, distingue al servidor del poseedor: en 2010, en la cima de una popularidad superior al 80 %, se fue.

No tocó la Constitución para quedarse, no torció la jaula para agrandar el trono; transmitió el poder y volvió a su casa. Es esa salida, más que cualquier campaña, la que hizo posibles sus regresos: quien acepta la jaula cuando podría romperla conserva el derecho de volver cuando el pueblo lo llama.

Pero un editorial que se pretende de guía para los aspirantes faltaría a su tarea si ocultara la sombra del cuadro, porque hay una sombra, y es instructiva.

Bajo los gobiernos de su partido, la justicia brasileña estableció la existencia de sistemas de corrupción reales . El Mensalão de 2005, y después la vasta red documentada por la operación Lava Jato alrededor de Petrobras  que valieron condenas a dirigentes de su campo, incluso entre sus más cercanos. Sus partidarios responden, y la exactitud obliga a consignarlo, que sus propias condenas fueron anuladas por vicios de procedimiento y parcialidad del juez, no juzgadas en cuanto al fondo, y que él dejó trabajar a la justicia y a la prensa contra los cuyos cuando estuvo en el poder.

Sus adversarios responden que un presidente sigue siendo responsable de lo que prospera bajo su autoridad. El aspirante retendrá de esta disputa una ley que supera el caso brasileño: el carácter de un dirigente se juzga también por lo que deja hacer a su alrededor, y ningún resultado social, por real que sea, dispensa a un líder de vigilar a su entorno como a su propia alma.

El país que fotografía el resultado  51,8 contra 48,2  está además dividido exactamente sobre esa línea: algo más de la mitad de los brasileños le guarda su confianza; la otra mitad se la retiró, y nada la ha restaurado.

Queda, por último, una pregunta abierta, que este cuarto mandato deberá resolver: el hombre que supo irse en 2010 nunca produjo un sucesor capaz de ganar sino es  él en 2022 como en 2026, fue a él a quien hubo que llamar de nuevo. El verdadero líder, decíamos, en ese capítulo, el juicio de la historia todavía está en deliberación.

Entonces, aspirantes a dirigir  de nuestros partidos, de nuestras iglesias, de nuestras organizaciones ¿qué retienen de esta semana brasileña?.  Retengan que las pequeñas fidelidades construyen los grandes destinos y que tres derrotas bien analizadas valen más que una victoria heredada.

El entorno es un examen que ustedes pasan cada día sin saberlo, y que sus más cercanos pueden escribir, en su lugar, el capítulo que disputará su herencia. Por último, esto, que devuelve a Brasil a la parábola que meditamos en esta serie: el servidor no es alabado por su historia, sino por su informe.

El cuarto mandato de Lula comienza el 5 de enero de 2027; será juzgado  como ustedes serán juzgados  no por los regresos logrados, sino por los resultados entregados, y por una generación de dirigentes por fin formada para continuar sin él.

A cada uno, pues, a ponerse a trabajar desde ahora, sin quejas: porque el pueblo  en Brasil como entre nosotros sigue siendo el jefe, y espera minas multiplicadas, no un paño y una excusa.

Thierry Kenneth Pierre

Es internacionalista y analista político, con un enfoque en el análisis geopolítico de las nuevas tendencias mundiales y sus escenarios futuros. Asimismo, se compromete activamente con el desarrollo social a través de diversas actividades socioculturales en la comunidad haitiana.

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