Opinión

Un partido se conoce caminándolo

Las bases no son una expresión abstracta. Tienen nombres, familias, historias y años de trabajo acumulado.

Por Deligne Ascención Burgos

En estos días he vuelto a recorrer comunidades, municipios y provincias para encontrarme con compañeros y compañeras de nuestro partido. Algunos han ocupado responsabilidades importantes; otros nunca han tenido un cargo público. Pero todos conocen el territorio porque viven en él, trabajan en él y han acompañado durante años las aspiraciones de su gente.

En cada encuentro se repite una escena llena de vida: muchas personas llegan, se saludan con afecto y participan en conversaciones que poco a poco conducen a los temas que realmente importan. Se habla de los avances, de las preocupaciones, de lo que ha funcionado y de aquello que requiere atención. Cada intercambio permite conocer mejor las realidades, las expectativas y las propuestas de quienes mantienen vivo el trabajo partidario en sus comunidades.

Uno aprende mucho cuando deja a un lado el discurso preparado y se dispone simplemente a escuchar.

La política dominicana se construyó durante años de esa manera: recorriendo pueblos, reuniéndose en casas de familia y conversando en pequeños locales con dirigentes que conocían por su nombre a cada vecino. Antes de las redes sociales, las mediciones permanentes y la comunicación instantánea, el territorio era la fuente más directa para comprender el estado de ánimo de la sociedad.

Esa enseñanza conserva plena vigencia.

Un partido puede tener organismos, estatutos, padrones y autoridades legítimamente escogidas. Sin embargo, para conocer su verdadera realidad tiene que llegar hasta donde se encuentran quienes lo sostienen diariamente.

Las bases no son una expresión abstracta. Tienen nombres, familias, historias y años de trabajo acumulado. Son compañeros que organizaron reuniones cuando pocos asistían, defendieron nuestras ideas en momentos difíciles y permanecieron presentes tanto en las derrotas como en las victorias. Su relación con el partido no comenzó con la llegada al Gobierno y tampoco puede medirse únicamente por una posición.

Escucharlos no significa prometer una respuesta inmediata para cada planteamiento. Tampoco quiere decir que toda opinión deba convertirse automáticamente en una decisión. Significa asegurar que ninguna inquietud legítima deje de ser conocida por quienes tienen la responsabilidad de orientar nuestra organización.

En ocasiones, la distancia comienza con una llamada que no fue respondida, una explicación que nunca llegó o la sensación de que ya no existe un espacio para hablar con franqueza. Cuando esas pequeñas señales se acumulan, pueden convertirse en silencios difíciles de interpretar desde la capital.

Por eso estos encuentros tienen valor. No son escenarios para pronunciar discursos ni para ofrecer soluciones improvisadas. Son espacios para escuchar, comprender las particularidades de cada provincia y llevar esa realidad hasta las instancias correspondientes del partido.

Recorrer el país no debe ser una actividad reservada para los períodos electorales. Debe formar parte de la vida cotidiana de una organización que quiera mantenerse cerca de su gente.

Porque los partidos se organizan en sus estructuras, pero su pulso se siente en el territorio. Y para conocerlo de verdad hay que sentarse, mirar a los ojos, escuchar con humildad y seguir caminando.

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