Estar con Dios y con el Diablo, cuando se abandona la diplomacia y se practica la improvisación
La política exterior dominicana entre la búsqueda de respaldo internacional y las contradicciones de una estrategia sin rumbo claro.

Este adagio dominicano, que advierte sobre la imposibilidad de estar en dos bandos al mismo tiempo, suele aplicarse a relaciones personales, ideológicas e incluso políticas. Sin embargo, cuando esa lógica se traslada a la conducción de un Estado, deja de ser un simple refrán para convertirse en una señal preocupante de improvisación.
En un mundo casi unipolar como el actual, los países en vías de desarrollo —como la República Dominicana— suelen buscar refugio en potencias con capacidad de financiamiento y respaldo político. Esta práctica no es nueva ni necesariamente cuestionable; ha existido desde siempre como parte del juego geopolítico. El problema surge cuando, en lugar de una estrategia clara, se intenta coquetear simultáneamente con bloques ideológicos opuestos. Lo que podría parecer astucia termina proyectando inexperiencia, falta de confiabilidad y, en el peor de los casos, la imagen de un aliado circunstancial dispuesto a cambiar de posición según la conveniencia.
No se trata de atribuir malas intenciones al Estado dominicano. Más bien, da la impresión de que se ha sustituido la diplomacia por una lógica improvisada, casi callejera: resolver como sea, sin medir consecuencias. Ese “tigueraje” que culturalmente nos define parece haber cruzado la frontera hacia la política exterior, brillando incluso más que los símbolos formales de la nación.
“Lo que parece astucia puede terminar proyectando inexperiencia y falta de confiabilidad.”
Hemos visto decisiones contradictorias: un Estado que en su momento limitó sus relaciones con China para alinearse con sus socios tradicionales, pero que luego dependió en gran medida de ese mismo país para adquirir vacunas durante la pandemia, ante la irresponsabilidad de sus aliados. Un gobierno que asume posturas frente a conflictos internacionales, como el de Rusia y Ucrania, sin una necesidad estratégica evidente, pese a que ambos pueblos mantienen importantes vínculos turísticos con el país.
También está el intento de proyectar liderazgo regional sin el consenso del Caribe, impulsando iniciativas como la “Alianza para el Desarrollo en Democracia”, que no lograron el respaldo esperado y terminaron siendo poco más que una epifanía sin resultados concretos. Y, en paralelo, la apuesta por un único aliado en temas tan sensibles como la crisis haitiana, mientras se descuida la construcción de alianzas con otros países que enfrentan desafíos similares frente a la migración irregular masiva.
Apelamos a la acción de nuestros aliados tradicionales, pero al mismo tiempo hacemos lobby de forma discreta con otros miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, procurando que el “rubio del norte” no lo advierta. Esta dualidad no solo resulta contradictoria, sino que debilita la credibilidad de cualquier postura oficial.
La contradicción alcanza su punto más evidente cuando, por un lado, se busca una alineación casi total con una potencia, y por otro, se participa en espacios que representan intereses contrarios a ese mismo aliado. Más que una jugada estratégica, esto transmite desorden, improvisación y falta de dirección.
Lo preocupante no es solo la contradicción, sino la percepción que proyecta: un país que actúa más por impulso que por planificación, motivado por la visibilidad inmediata en escenarios internacionales, pero sin una narrativa clara sobre su rol en ellos.
Esto no solo compromete la imagen del gobierno, sino también la del país. La República Dominicana tiene el potencial de ser tan grande como aspira, pero sigue construyéndose sobre bases frágiles que ella misma no termina de consolidar.
Tenemos carisma, identidad y presencia, pero carecemos de una estrategia emocional e inteligente que nos permita convertir esas cualidades en liderazgo real. Sabemos movernos, pero no siempre sabemos hacia dónde ni con quién.
Porque, al final, depender exclusivamente de un “protector” tiene fecha de vencimiento. Y la forma en que actuamos hoy define cómo nos ven los demás países del continente.
En ese sentido, aún estamos lejos. Mientras tanto, seguimos siendo —como en la metáfora bíblica— agua tibia: ni fría ni caliente, incapaz de definir con claridad su verdadera posición en el mundo.
Edward Ramírez
Periodista.




