Haití: una invitación a comprender nuestra situación y a actuar para el rescate nacional
Durante décadas, Haití ha sufrido una fragmentación crónica entre los actores que dicen querer el cambio. Cada uno habla, cada uno propone, cada uno denuncia, pero muy pocos aceptan reunirse, coordinarse y disciplinarse para servir una visión común.

POR: ROSEMOND PIERRE
Haití se encuentra hoy en una encrucijada decisiva de su historia. Mientras se menciona la posibilidad de elecciones, mientras las voces se multiplican en el espacio público, mientras los análisis, los discursos y las propuestas se difunden en las redes sociales, la nación permanece sumida en una profunda incertidumbre.
Esta incertidumbre no es solamente política; es moral, social e institucional. Afecta la conciencia colectiva, la capacidad del pueblo para discernir, elegir y proyectarse hacia un futuro mejor. Y es precisamente en este contexto que se vuelve esencial reflexionar con lucidez, sin pasión ciega, sin apego emocional a figuras individuales, sino con un sentido agudo de responsabilidad nacional.
Durante décadas, Haití ha sufrido una fragmentación crónica entre los actores que dicen querer el cambio.
Cada uno habla, cada uno propone, cada uno denuncia, pero muy pocos aceptan reunirse, coordinarse y
disciplinarse para servir una visión común. Esta dispersión de fuerzas, esta multiplicación de “cabezas”
que piensan lo mismo pero avanzan en paralelo, ha transformado muchas veces nuestras esperanzas en
fracasos repetidos. Y si no prestamos atención, la misma historia corre el riesgo de repetirse una vez más.
En el espacio público haitiano, varias personalidades emergen, cada una con su influencia, su estilo, su
discurso y su base de oyentes.
Escuchamos los análisis de Étzer Émile, las reflexiones de Michel Soukar, las intervenciones de Dominique Dupuy, los discursos de Guy Philippe, y muchos otros más. Cada uno atrae a una parte del pueblo, cada uno encarna una forma de esperanza, cada uno propone un camino para sacar a Haití del estancamiento. Pero si todos estos actores, a pesar de sus buenas intenciones, deciden presentarse por separado, llevar cada uno su propio proyecto, defender cada uno su propia bandera, ¿cómo podrá el pueblo elegir de manera coherente? ¿Cómo evitar que esta dispersión se convierta una vez más en un regalo para aquellos que, desde hace mucho tiempo, saben aprovechar nuestras divisiones para conservar el poder o recuperarlo sin esfuerzo?
Es necesario plantear la pregunta con honestidad: ¿cómo puede convencer a la nación un individuo que nunca ha ejercido una función pública, que nunca ha dirigido una institución, que nunca ha gestionado un equipo administrativo, de que está preparado para dirigir un país? La política no es solamente cuestión de ideas o discursos; es cuestión de gestión, coordinación, estrategia y capacidad para trabajar con equipos diversos, a veces opuestos, a veces difíciles. En el ministerio se aprende que nada prospera sin unidad, sin colaboración, sin disciplina colectiva. De la misma manera, un país no puede ser dirigido por un individuo aislado, por brillante que sea. El éxito político se basa en la experiencia de trabajar juntos, en la capacidad de unir competencias diferentes alrededor de un objetivo común.
Por eso se vuelve urgente que las personalidades influyentes del país, aquellas que el pueblo escucha, aquellas que el pueblo llama, aquellas que el pueblo espera, comiencen desde ahora a reflexionar juntas. No se trata necesariamente de crear un partido político, ni de fusionar ideologías, ni de renunciar a sus identidades respectivas. Se trata de comprender que el rescate nacional no vendrá de un “héroe solitario”, sino de un grupo coherente, disciplinado, estructurado, capaz de repartirse los roles según las competencias.
Guy Philippe podría ser útil en un ámbito específico, Michel Soukar en otro, Dominique Dupuy en otro más. Cada uno tiene una experiencia, una sensibilidad, una capacidad. Pero si cada uno avanza solo, si cada uno se presenta como “el salvador”, si cada uno quiere cargar sobre sus hombros el peso entero del país, entonces corremos el riesgo de revivir el mismo escenario: una multitud de candidatos, una multitud de discursos, una multitud de divisiones… y al final, la victoria de aquellos que saben explotar nuestras fracturas.
Este editorial es una invitación a la conciencia nacional. Una invitación a mirar la realidad de frente. Una
invitación a comprender que el cambio no vendrá de la multiplicación de líderes, sino de su capacidad para
unirse. Una invitación a actuar, no con emoción, sino con sabiduría. Haití necesita un grupo, un equipo,
una visión común. Haití necesita mujeres y hombres que acepten poner al país antes que su nombre, a la
nación antes que su ambición, al futuro antes que su ego. Haití necesita un despertar colectivo. Y ese
despertar comienza con una decisión simple: rechazar la división, elegir la unidad y trabajar juntos para el
rescate nacional.
Profesor Pierre Rosemond
ERJESC
1 de agosto de 2026



